Claudio Digirólamo

jueves, agosto 18, 2005

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DIVERSIDAD CULTURAL Y CULTURA DE LA PAZ



(BREVES NOTAS PARA UNA REFLEXIÓN)

Quisiera, en esta breve intervención, aportar algunas notas acerca de los aspectos más relevantes de los desafíos que hoy nos plantea la imperiosa y urgente necesidad de asumir positivamente la DIVERSIDAD CULTURAL como eje fundamental sobre el cual construir una verdadera cultura de la paz.

Pienso que para lograrlo, es indispensable volver a considerar las diferentes visiones de mundo y formas de vida de las múltiples comunidades humanas, como el poderoso caudal a través del cual fluye nuestro armónico crecimiento y pleno desarrollo como especie.

Es cierto que este tema preocupa a la comunidad internacional y ha sido objeto de particulares análisis en muchas reuniones y congresos de toda índole alrededor del mundo, sobre todo cuando los fundamentalismos de cualquier signo exacerban las diferencias culturales, tiñéndolas de antagonismos irreconciliables.

Sin embargo, los constantes cambios que observamos al interior de los procesos culturales de nuestros países y de su repercusión en las particulares relaciones sociales de cada uno de ellos, como en el conjunto de las interrelaciones a nivel regional y mundial, nos enfrenta a nuevos desafíos que nos obligan a revisar constantemente nuestros anteriores juicios acerca del tema y a considerarlos como provisorios acercamientos a un fenómeno cada vez más complejo y de incidencia definitiva en nuestro destino comunitario.
Mucho se podría profundizar al respecto. Sin embargo, en beneficio del tiempo que tengo a disposición, me limitaré a plantear, de manera muy esquemática, algunos puntos que me parece necesario instalar en una reflexión, que pretenda un mínimo de rigurosidad acerca de la diversidad cultural.

COEXISTENCIA Y CONVIVENCIA DE LA DIVERSIDAD CULTURAL:

En primer lugar, quiero destacar la aparición de un nuevo ámbito de coexistencia de muy diversos tipos de expresiones culturales, lo que implica un adicional desafío para las políticas en ese ámbito, tanto nacionales como internacionales.

Me refiero a la amplia diversidad de visiones de mundo que aparece cuando las expresiones de las múltiples vertientes culturales que aún nos caracterizan como comunidades con ciertos rasgos reconocibles y que componen nuestra identidad como pueblos, se ven prácticamente “obligadas” a una relación de coexistencia con las realizaciones de la “modernidad.

Es cierto que este fenómeno ha estado presente desde hace mucho tiempo en nuestras sociedades, pero hoy adquiere una velocidad y fuerza de otra magnitud, debido al volumen y la profundidad de cambio que dichas realizaciones de la modernidad producen en la conformación de la cotidianeidad de la vida social.

Desgraciadamente, frente a ello, en la mayoría de los casos, nos contentamos con el ejercicio de una pasiva tolerancia.



Esto, si bien puede con dificultad detener y aplazar en el tiempo eventuales estallidos sociales, no evita una evidente y peligrosa atomización de la sociedad, que se expresa en la conducta ciudadana, fundamentalmente, con la disminución paulatina del sentido de pertenencia a la comunidad - país, con la consiguiente merma en la participación social.

En efecto, no se trata aquí de detectar simplemente en nuestras sociedades la existencia paralela de variadas tradiciones o formas de vida que se expresan en un multiculturalismo encerrado en una suerte de ghettos incomunicados entre sí.

Por el contrario, hablo de la imperiosa necesidad de reconocer la profunda y enriquecedora incidencia que tendría, en todos nuestros países, el estímulo y el fomento del libre flujo de interrelaciones entre esas diferentes maneras de abordar el proceso cultural, por parte de los distintos modos de vida y visiones de mundo.

Hace falta, de una vez por todas, remplazar ese concepto pasivo de la tolerancia por aquel más activo y enriquecedor de la aceptación gozosa de las diferencias.

Pasar de la coexistencia pasiva a la convivencia activa.

GLOBALIZACIÓN Y DIVERSIDAD:

Por otro lado, el fenómeno de la globalización irrumpe con fuerza y rapidez arrolladora en este entramado de ancestrales y nuevas mezclas, tensionando y apurando el ritmo de su mixtura. Desde muchas instancias se alzan voces de alerta y de temor.


Pero, si lográramos detenernos por un momento, descubriríamos que esa posibilidad de acoger constantemente los influjos de múltiples diversidades, nos haría especialmente aptos para absorber el impacto globalizador y revertirlo a nuestro favor.

Visualizo la globalización como un fenómeno multidireccional, como una red tejida desde muchos lugares y por muchas culturas, en la que podemos introducirnos a través de los huecos de su entramado y aportar nuestro esfuerzo para dotarla de un alma.

Sí, el desafío mayor es el de construir, hoy, entre todos, el alma de la globalización, aprovechando su propia fuerza expansiva.

Una de sus mejores armas, la posibilidad, inédita hasta ahora, del inmediato flujo dialogante de información y de conocimientos de todo tipo, nos otorga una herramienta poderosa e inmejorable para acelerar el logro de esta aparente utopía.

En consecuencia, ya no es suficiente la ausencia de violencia como base para la construcción de una paz duradera. Ya no sirve el retirase en su propio reducto para evitar la confrontación. Es necesario abrirnos con renovada confianza a la interacción con lo diverso, en un diálogo que es fuente de entendimiento y cooperación.

Para lograrlo, deberemos estar muy atentos a la constante aparición de nuevos valores emergentes, producidos por la irrupción en la sociedad de esos diferentes modos de vida y visiones de mundo, especialmente en las nuevas generaciones.



Este fenómeno nos urge a plantearnos una más certera elaboración de políticas culturales dirigidas de manera específica a los jóvenes que ya han internalizado, en su propia cotidianeidad, contenidos y formas, tanto en su habla como en sus conductas sociales, que son el resultado directo del cambio que produce el impacto de la globalización en la identificación con sus propias raíces culturales.

En ellos, cada vez más, lo propio se va fundiendo con lo ajeno en una síntesis sincrética que da origen a nuevos valores que transgreden los ya instalados en las sociedades a las cuales pertenecen y que, en no pocos casos, llegan a la subversión de los anteriores.

Este fenómeno se entronca en la esencia misma del proceso cultural y su dinámica, que se torna cada vez más acelerada, propone tal vez el mayor desafío social de este comienzo de milenio, para un cambio en la convivencia social.

Al igual que el problema de género, que por momentos parece haberse estancado en los aspectos reivindicativos, encierra, a mi parecer, una fuerza expansiva de gran magnitud que exigirá muy pronto una definición de cauces para entregar su potencial a la sociedad entera.

CIUDADANIA CULTURAL: DERECHO DE TERCERA GENERACION

Ya en mayo de 1998, en Estocolmo, durante la Conferencia Intergubernamental sobre Políticas Culturales, organizada por UNESCO, sosteníamos que, para asumir los desafíos ineludibles planteados por la globalización al proceso cultural, debíamos contestar con valentía y claridad una pregunta fundamental:
¿El tipo de cultura que estamos creando favorece, a través de una mayor clarificación de los derechos y deberes compartidos por toda la humanidad, nuestras posibilidades de acceder a la condición de verdaderos actores y sujetos activos de nuestro pleno desarrollo tanto material como espiritual?...

La respuesta parece clara.

Debemos re definir la visión parcelada del hombre y de la mujer y asumir a ambos en su totalidad de seres humanos, con su materialidad y su trascendencia a cuestas y, sobre todo, su capacidad de asombro.

Al mismo tiempo, hace falta plantearnos una ampliación significativa del concepto de los derechos humanos, para poder hacernos cargo de los nuevos desafíos éticos que surgen de la constante transformación de nuestras sociedades.

Entramos en un tercer gran período, donde el concepto de los derechos se desplaza hacia nuevos caminos, como son el de la diversidad de la creación crítica y el de la libre invención de los mundos de la cultura.

No se trata aquí de un concepto abstracto; es justamente en el diálogo creativo entre estas diferencias, donde radica la esencia de la humanidad y se construyen las bases de una sociedad armónica y desarrollada en plenitud.

El libre ejercicio de la ciudadanía cultural aparece aquí como el mejor medio para recuperar la igualdad en dignidad y el respeto a la diversidad. Para ello, no basta con detectar certeramente cuáles son los obstáculos que impiden el acceso de todos a este nuevo y más alto nivel participativo en la construcción de la identidad cultural de los pueblos.

Hay que elaborar e impulsar las políticas y las acciones, internas y externas, que contribuyan a elevar la capacidad creativa de todos aquellos que nos sentimos pertenecientes a la comunidad social, para que podamos no sólo expresar en obras nuestras múltiples diversidades, si no también acceder a una distribución equitativa de los bienes culturales producidos.

Para que ello sea posible, resulta fundamental que logremos garantizar y ensanchar, tanto en el ámbito nacional, como en el internacional, la libre circulación de esos mismos bienes y una condición social más justa para los creadores y los artistas.

Sólo así podremos sabernos y sentirnos respetados en nuestras diferencias y acogidos como iguales en dignidad y derechos.

Abrámonos sin miedo a un nuevo mundo, repensemos nuestras identidades desde una perspectiva que asume abiertamente las enriquecedoras diferencias de todos y cada uno de los sujetos sociales.

Remplacemos la ya gastada y pasiva tolerancia por la aceptación gozosa de la diversidad cultural, como condición indispensable para lograr un auténtico desarrollo humano y construir, codo a codo, una verdadera Cultura de Paz.



Claudio di Girólamo

PRIMER CABILDO CULTURAL REGION XIV

Estocolmo, 11 -12 -13 de mayo de 2001

Intervención de Claudio di Girólamo en Inauguración



Autoridades presentes, queridas amigas, queridos amigos compatriotas y nuevos amigos de esta lejana y al mismo tiempo cercana tierra,



Hace poco menos de un año, venía desde muy lejos, trayéndoles todo el amor de Chile, esculpido en las entrañas de un trozo de nuestra cordillera de los Andes.

Con esa piedra, fundábamos también nuestro compromiso con la Región XIV. Una región que se expande por todo el mundo y que alberga las vidas, los sueños y las esperanzas de casi un millón de compatriotas. El compromiso de entonces se hace carne, ahora, con este Primer Cabildo Cultural, aquí, en Estocolmo.

Soy un inmigrante. Llegué a Chile en el lejano año de 1948 del otro siglo. Ni siquiera por razones políticas, como la gran mayoría de ustedes, sino por el hambre que imperaba en este continente que hoy los cobija, después de la segunda guerra mundial.

Saco a relucir esto, porque me permite entrar en una relación más cercana con todos ustedes y, desde allí, enhebrar estas pocas reflexiones que hoy les entrego.

Soy alguien que se siente en cierta medida hijo del fracaso, uno de tantos que se vio obligado por las circunstancias a buscar el sustento material en otras tierras y a rehacer su vida de afectos y de sensibilidades.

Que tuvo que reconstruir su vida dañada junto a otros que desconocía, tejiendo nuevas relaciones en un ejercicio esforzado de supervivencia.

Sin embargo, y allí está tal vez la parte más asombrosa del asunto, junto a lo anterior, también se comenzó a gestar dentro de mí un amor entrañable por ese rincón del mundo tan alejado y marginal. Recuerdo que durante la crisis desatada por mi ciudadanía chilena por gracia, solía decir, remedando las sabias palabras de una gran amiga andaluza, “Yo quiero a Chile y los chilenos, si ellos no me quieren, es problema suyo”... Y todo, como ustedes saben, terminó bien.

¿Por qué cabildos en la Región XIV? ¿Qué se puede conseguir de nuestros conciudadanos del exterior? ¿Qué aporte concreto se espera de ellos, muchos de los cuales ya han reconstruido su vida y tienen esposas, esposos o hijos de otra tierra y de otra habla?

De eso pretendo hablarles hoy, sin reticencia y con toda sinceridad.
Cuando, en la Embajada de Chile en este país, con el entonces embajador Goñi, se planteó esta idea, al tratar de nombrarla, salió de inmediato una definición que resume de manera precisa, a mi parecer, el sentido más profundo de ella. Región XIV o del REENCUENTRO.

Sí, reencuentro; porque el retorno definitivo para algunos es ya imposible, debido a los nuevos afectos y a las nuevas vidas ya enraizadas en los países que los recibieron.

Durante muchos años, ustedes han debido convivir con otra cultura, acostumbrarse a otros valores, a otros modos de vida. Con su bagaje de antiguos recuerdos a cuestas, tuvieron que hacerle un hueco a los nuevos que se iban agregando, día tras día, en una cotidianeidad diferente, con otras resonancias, con distintas palabras, sonidos, olores y sabores. Al mismo tiempo, tratando de mantener el cordón umbilical que los une entrañablemente a su pueblo, su ciudad, a Chile entero.

Al comienzo, fue un híbrido sin contornos definidos, en el que se confundían palabras, pensamientos, sensaciones, sueños y esperanzas. Una etapa en la cual lo propio comienza a desdibujarse hasta casi sentirse ajeno y lo ajeno se vuelve propio en la casa, en el barrio, la escuela, los actos sociales.

Pero, con el tiempo, y eso es lo importante, ese híbrido se fue transformando en un sincretismo en el que caben, juntas pero no revueltas, todas las experiencias de aquí y de allá, construyendo una nueva visión de mundo, más abarcadora y compleja que une el pasado con el presente y el futuro.

La añoranza cede el paso a la clara percepción de la realidad y la nostalgia de un tiempo ya pasado se transforma en la necesidad de participar en el aquí y ahora.

Las nuevas generaciones se integran a un mundo que ya consideran suyo y comienzan a aportar, realizando sus primeras incursiones en ese ejercicio antiguo y siempre actual de la construcción de nuevas realidades.

Y eso, no es fácil ni exento de conflictos con otras “nuevas realidades”.

En todas partes, la solidaridad del primer momento, la acogida generosa, con el pasar del tiempo y la vuelta de la democracia en nuestro país, suele transformarse en una expresión de simple tolerancia, cuando no, desgraciadamente, en algunos países, en un abierto rechazo. La situación de diferente realidad en el país de origen, la compleja y cambiante situación económica mundial, jalonada de crisis de diferentes denominaciones y peligrosidades, que influyen negativamente en la patria de adopción, vuelven difícil la convivencia y la comprensión mutua.

Sin embargo, algo se quedado prendido en el alma de aquellos que llegaron habiéndolo perdido todo y encontraron, en un momento decisivo de sus vidas, brazos abiertos y gentes amigas. Y eso no se puede ni debe olvidar; la gratitud de Chile está para siempre comprometida con esos pueblos.

Por otra parte, quiéranlo o no, ustedes, todos ustedes, ya son personas diferentes. Saben ciertamente que el pasado que en algún momento vivieron, con sueños, luchas y esperanzas a cuestas, ya no volverá y que el mundo entero transita por otros caminos.

La globalización, esa bestia rara, temida y amada al mismo tiempo, es el ámbito en el cual se desarrolla su cotidianeidad. Concientemente o no, su propia estructura de valores, pensamientos y acciones, ha ido de cambio en cambio y convive ahora con esa ola gigantesca que ya se ha vuelto un fenómeno planetario.

Nosotros, allí en el mismo fin del mundo, observamos y absorbemos, también a nuestra manera, este fenómeno de comienzo de milenio. Comenzamos, aunque lentamente, a darnos cuenta de que se trata de algo que no proviene de un único lugar o país específico, ni menos se desplaza en una única dirección. Lo que está aconteciendo, es producto de diferentes flujos que se entrecruzan, de innumerables culturas que se van interrelacionando y tejiendo hasta componer un todo que se nos aparece como uniforme y compacto, frente al cual lo único que cabría, es aceptarlo tal como es.

Sin embargo, y eso es lo importante, en él hay espacios que esperan ser llenados; hay hebras en ese tejido que esperan ser anudadas, de manera irremplazable e intransferible, por nuestra propia acción personal y colectiva.

Es allí, en esos precisos espacios, donde nuestro reencuentro es urgente e indispensable. Reavivar el diálogo a través de las distancias, usando todos los medios a nuestro alcance, para aportar lo propio y participar activamente en la construcción de este nuevo mundo que que ya vive con nosotros y dotarlo de un alma que le dé más sentido. Eso, en el fondo, es lo que puede poner en marcha este encuentro emblemático y único en la historia reciente de Chile, y que lo reviste de una importancia capital para nuestro país, Suecia, ustedes y nosotros.

No sé cuales van a ser sus propuestas y sus apuestas para el futuro. Sólo puedo intuir que hoy hemos comenzado a caminar juntos, construyendo un camino diferente y más cercano a todos nosotros.




La memoria común que nos une y que sigue viva aquí y allá es el fundamento más sólido para que esta instancia mire y se proyecte hacia un futuro que, guardando y respetando el pasado, pueda lograr de veras el verdadero reencuentro en el trabajo conjunto de la construcción de los sueños más queridos de la humanidad.

Lo que aquí se diga y se decida, puede devolver la esperanza a muchos y la certeza de que todo lo pasado valió la pena si somos capaces de reinventarnos un futuro.

Quisiera terminar esta breve reflexión dejándolos con las palabras de uno de los más grandes artistas latinoamericanos, que sintetizan de manera magistral el compromiso que hoy se nos pide con urgencia. El nos dice:

“SÓLO QUIENES SEAN CAPACES DE ENCARNAR LA UTOPÍA, SERÁN APTOS PARA EL COMBATE DECISIVO, EL DE RECUPERAR CUANTO DE HUMAB NIDAD HAYAMOS PERDIDO.”


Muchas gracias.



Claudio di Girólamo

CARTA DE LA CIUDADANIA



(DOCUMENTO DE TRABAJO)

SANTIAGO DE CHILE

29 DE ENERO DEL 2000

CONSIDERANDO
que

El desarrollo de la identidad cultural de una Nación
es un proceso siempre inacabado,
que
sólo es posible con la decidida y libre participación
de todos los ciudadanos,

DECLARAMOS
que

Todos los habitantes de Chile,
desde el mismo instante de su nacimiento,
tienen la dignidad de

CIUDADANOS CULTURALES,

y que,
por lo tanto,

TIENEN EL DERECHO INALIENABLE A:



PRIMERO:

Gozar de la más irrestricta libertad de creación, acceso y goce de las más diversas expresiones artísticas y culturales, sin exclusión alguna por motivo de sexo, edad, opinión o creencia.

SEGUNDO:

Participar, plena y activamente, en el debate, formulación e impulso de las políticas culturales que emanen del Estado, así como de las iniciativas que surjan de la sociedad civil.

TERCERO:

Exigir un trato respetuoso y abierto hacia las manifestaciones culturales de las étnias que son parte integrante de nuestra identidad como nación y como pueblo.

CUARTO:

Contar con una infraestructura material idónea y eficaz que atienda a las necesidades culturales específicas de cada comunidad, sea a nivel de barrio, comuna, provincia o región, garantizando su pleno uso, sin discriminaciones ni exclusiones.

QUINTO:

Contar, por parte del Estado, con las facilidades necesarias para crear y estrechar vínculos con las expresiones y actividades culturales de otros pueblos y poder realizar acuerdos de intercambio en ese campo.


SEXTO:

Recibir, en todos los niveles de la educación formal, la acogida y el apoyo necesario para el desarrollo de las específicas vocaciones e intereses en el ámbito artístico y cultural.
SEPTIMO:

El Estado debe reconocer, en su Carta Fundamental, la existencia de los Pueblos Originarios y ratificar el convenio169 de la OIT “Pueblos indígenas y tribales”.

OCTAVO:

Debe garantizarse por ley la Seguridad Social y Laboral de los artistas, especialmente de los independientes.

NOVENO:

La educación formal debe asumir e integrar la creación cultural y artística a las prácticas y programas e impulsar de manera especial las vocaciones e intereses de los alumnos y profesores en ese campo.

DECIMO:

Todo ciudadano tiene derecho a acceder a la educación (básica, media y superior), en forma gratuita e igualitaria

UNDECIMO:

El Estado debe garantizar que los pueblos originarios reciban una educación integral que considere las temáticas y las especificidades propias de su cultura


DUODECIMO:

Todos los chilenos tienen derecho de gozar de una infraestructura idónea y eficaz, destinada a actividades culturales , que atiendan a las necesidades específicas de cada comunidad, a nivel de barrio, comuna, provincia o región, permitiendo su pleno uso, sin exclusiones o discriminaciones

DECIMO TERCERO:

Todos los habitantes de nuestro país tienen derecho a actuar acorde a sus principios y valores, sin que ello altere la convivencia social

DECIMO CUARTO:

El Estado debe garantizar uba legislación que promueva, proteja y fomente la creación, en cada área específica del arte

DECIMO QUINTO:

El Estado debe garantizar el fomento a la artesanía y la creación popular, procurando el financiamiento necesario para su subsistencia


EN DEFINITIVA…..

Tenemos derecho a alcanzar nuestros sueños, disfrutar del arte y la cultura, a encontrarnos como hermanos y recuperar juntos, en nuestra vida cotidiana, la capacidad de asombro y la alegría de vivir. Tenemos derecho a exigir que el desarrollo material esté siempre al servicio del hombre.

EN RESUMEN:

TENEMOS DERECHO A SER FELICES















CHILE, PAIS SOÑADO

CABILDO NACIONAL DE CULTURA

CHILE, PAÍS SOÑADO


discurso inaugural
27 de enero del 2000

CLAUDIO di GIROLAMO


SALA PLENARIA - EDIFICIO DIEGO PORTALES - SANTIAGO DE CHILE


Señor Ministro de Educación, Señores Ministros y Autoridades de Países amigos, Autoridades Nacionales, Invitados especiales y, sobre todo, amigas y amigos delegados a este Cabildo Nacional de Cultura.


Cuando, hace casi dos años, iniciamos esta aventura, recordábamos a aquellos que, desde el comienzo de la existencia de nuestra nación, tuvieron la fuerza de asumir el compromiso de soñar a Chile y de luchar para realizar las primeras utopías nacidas de la Gran Revolución que, hace más de dos siglos, instaló en la humanidad los ideales de libertad, igualdad y fraternidad.

Tarea a todas luces inconclusa, que necesita, generación tras generación, del aporte y el compromiso de lo mejor de nosotros mismos. Los que aquí estamos, tenemos que asumir el desafío de seguir en la construcción del Chile que ellos y nosotros soñamos.

Ustedes, venidos de todos los rincones del país, ostentan el título de delegados. Responsabilidad grande que honra a quién la posee. La comunidad, en un proceso democrático ejemplar, los eligió para que fueran su propia voz y su propia voluntad.

Traen aquí conclusiones y propuestas para cotejarlas con diferentes realidades y anhelos. En todas ellas, habita la esperanza de innumerables compatriotas que acogieron el llamado a repensar el país como el territorio en el que pueda crecer una cultura pujante, hecha por todos, para todos.

En cada Comuna de Chile, detectaron necesidades y propusieron soluciones específicas a los problemas que afectan al crecimiento cultural de nuestro pueblo. Fue impresionante el cómo las comunidades que ustedes representan acogieron la convocatoria a soñar a Chile.

Recuerdo, a ese propósito, como algunos dudaban acerca de la eficacia de la invitación. “La gente - decían - está preocupada del día a día, de sus pequeños problemas, no tiene tiempo ni ganas de soñar...”.


Sin embargo, el entusiasmo por participar en los Cabildos, se expandió por todo el país como corriente de río. De distintos lugares surgieron voces de agradecimiento y de compromiso.

Me parece oportuno recordar, aquí y ahora, las sabias palabras de una mujer del pueblo que vive en una pequeña localidad del sur: “Gracias, por creernos capaces de soñar, a pesar de la pobreza y los problemas que enfrentamos; gracias por devolvernos con eso la dignidad de seres humanos. Un animal, también necesita comida y cobijo, pero no tiene el don de poder soñar y de luchar para hacer realidad sus sueños.”

En esas sencillas y conmovedoras expresiones está maravillosamente condensado el sentido de lo que hoy estamos inaugurando. No es un “evento” para el uso de la sociedad de consumo. Es la consagración de una instancia democrática de primera magnitud, que plantea desafíos e incógnitas y que, al mismo tiempo, entrega a la comunidad nacional un mecanismo participativo que permite que la cultura vuelva a ser preocupación y tarea de todos los que habitamos este territorio.

Es por ello, que me permito aprovechar esta emblemática ocasión para invitarlos a reflexionar acerca de la relación que el proceso cultural tiene con el mundo en que se desenvuelve nuestra vida cotidiana. Lo hago con la esperanza de que pueda ayudarnos a clarificar el sentido del trabajo que, juntos, vamos a emprender en estos tres días.

Veamos:

En primer lugar, no está demás preguntarnos lo que realmente entendemos por cultura. De hecho, demasiadas veces la confundimos, de manera decididamente equivocada, con el concepto de arte. Y resulta que, afortunadamente no se trata de lo mismo. El Arte es parte muy importante de la cultura, pero no es toda la cultura.

La cultura, tal como la entendemos, es el proceso que desencadenamos al transformar nuestro entorno. En él, al mismo tiempo, nos modificamos irremediablemente a nosotros mismos, en nuestras conductas y en nuestra forma de pensar.


Por consiguiente, la calidad de esa determinada cultura dependerá exclusivamente de nuestra capacidad de entender nuestra relación con el mundo cercano y lejano, como una unidad armónica que necesita constantes revisiones y cuidados.

Sobre todo en este comienzo de un nuevo milenio, es evidente que nos encontramos en un escenario de complejos desafíos en lo que se refiere a nuestros particulares modos de vida y a nuestra propia visión de mundo. Uno de ellos, es el saber en qué lugar situar la cultura a la hora de revisar la larga lista de las necesidades de los ciudadanos, que hay que satisfacer para poder acceder, como país y como comunidad nacional, a un pleno desarrollo sustentable en el tiempo.

Estoy cierto de que nuestras sociedades, inmersas en el proceso actual de globalización que afecta a todos los países del orbe, necesitan, más que nunca, instalar la cultura como referente y base indispensable de la viabilidad de sus propios proyectos de desarrollo en el largo plazo. Aclaro que este desarrollo al cual me refiero, no se agota a sí mismo en las políticas de crecimiento económico, sino que se expande a las relaciones de creatividad, de afecto, de compromiso y ternura que dignifican nuestra existencia como seres humanos.

Sin embargo, el concepto de desarrollo y progreso, asociado a la idea de modernización, ha sido distorsionado por un economicismo avasallador y, la mayoría de las veces, banal. Seamos claros: el mundo de las cosas sustituye al de las pasiones y de la creatividad y pareciera ser que el fin último de un proyecto de nación se agota en el aumento de los volúmenes y el valor de sus exportaciones...

Cuando las lógicas cosificadoras se imponen en las prácticas económicas imperantes, como ocurre hoy, la cultura es primero arrinconada y luego reconvertida en mercancía, barata o cara, dependiendo de los mercados, transable en ellos como un producto igual a cualquier otro, al ser entendida como un conjunto de artículos efímeros y desechables, sujetos a la ley del marketing y del gusto consumístico del momento.



Es indiscutible que nuestras sociedades se han complejizado de tal manera que el éxito, la posición económica y la seguridad, son pseudo-valores que se han instalado con fuerza y nos presionan a adherir a sus propuestas para que nuestra existencia tenga valor y sentido ante los demás y ante nosotros mismos.

Frente a ellos, la concepción de cultura a la que hago referencia, antepone la ética, la equidad, la solidaridad, la justicia y también la belleza.

Definitivamente, la cultura sólo adquiere su verdadera dimensión y sentido en aquellos países donde es asumida como el espacio natural de la libertad en el cual tienen cabida y se desarrollan la imaginación, la creatividad y la participación de todos y cada uno de los ciudadanos.

La Comisión Cultura y Desarrollo de Naciones Unidas, en su informe “Nuestra diversidad creativa”, nos recalca que “...el fin es el desarrollo humano; el crecimiento económico es sólo un medio...”.

Esa aseveración no es otra cosa que el eco de un movimiento subterráneo que, a nivel mundial, comienza a remecer las bases de todo lo establecido y ”seguro” en el ámbito socio-cultural, a pesar de que aún no ha podido salir a la luz con claridad y fuerza, debido a que la atención hacia el desarrollo ha sido dirigida, de manera excluyente y premeditada, al sólo aspecto económico.

Sin embargo, creo que este esquema se está resquebrajando rápidamente.

Situaciones como aquellas derivadas de las grandes crisis financieras que afectaron hace poco el mundo entero, incluido nuestro propio país, haciendo tambalear todo el tendido de redes macro-económicas, favorecen la idea de que la cultura debe ser considerada el eje fundamental del desarrollo, porque refuerzan la convicción de que el desarrollo sin la cultura no es tal, al delatar la debilidad y la inseguridad de un progreso basado exclusivamente en factores económicos.
Parece ser que los macro-indicadores que utilizamos para medir el desarrollo económico se vuelven muy poco confiables a la hora de medir el desarrollo cultural que experimentamos. En efecto, los parámetros adecuados para medir esta realidad, deberían estar basados en el grado de satisfacción de las necesidades espirituales y de realización personal, más que en aquellos indicadores que pueden ser muy efectivos en política o en economía.

También el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), confirman este diagnóstico y ese cambio de perspectiva, en los documentos emanados de sus últimas reuniones de Gobernadores.

Estado y Cultura

Nuestra vida social como ciudadanos se desarrolla en un ámbito en el cual se interrelacionan las estructuras sociales que hacen posible la existencia de nuestro país como Nación. Me refiero, principalmente, al aparato del Estado, a la organización de la Sociedad Civil y a una de las más características y eficaces organizaciones de esta última: la Comuna. En muchas ocasiones, hemos reiterado que, para lograr un sostenido desarrollo cultural, hay que pasar de un concepto de políticas de Gobierno a otro que instale políticas de Estado en ese ámbito.

Es bueno precisar a lo que nos referimos con ello:

Cada Gobierno legítimamente constituido tiene una determinada visión de prioridad de necesidades sociales, que depende de manera sustancial de la situación contingente en la que accede al poder. Los planes que elabora y las acciones que emprende para darles satisfacción, siempre estarán presionadas por la urgencia del corto plazo, ya que su éxito o fracaso se juega en el tiempo muy limitado de su gestión.

Esto hace que, en el campo de la Cultura, en la inmensa mayoría de los casos, se elaboren y se pongan en práctica políticas gubernamentales de tipo reactivo frente a problemas muy específicos del momento y no se tenga en cuenta una mirada más propositiva y referida al largo plazo.
Por el contrario, aquellas políticas que se estructuran bajo la óptica de Estado, siempre tendrán un carácter propositivo y una mirada de largo plazo ya que el Estado abarca todo el tiempo histórico que implica la realización de un proyecto de nación. No se ve restringido por las modificaciones eventuales que períodicamente se producen en la dirección del Gobierno y de las instituciones, por el simple hecho de que se construye sobre proyectos que se forjan y se heredan constantemente, de generación en generación, garantizando así la continuidad y congruencia de la existencia misma de un país.

En ese entendido es que, desde el retorno a la democracia, el Estado ha desplegado políticas e iniciativas de gran relevancia nacional para impulsar el desarrollo cultural del país. Ahí están sus realizaciones: desde el Fondart y el Fondo de Fomento del Libro y la Lectura, que a partir de su creación en el año 1990, se han descentralizado de manera notable y han triplicado sus recursos, hasta realizaciones como la Cartografía Cultural y este Cabildo Nacional de Cultura que hoy nos convoca.

Sin embargo, para ser sinceros, hay que reconocer que, a pesar de estos logros, Chile tiene aún varias deudas pendientes en el ámbito cultural.

Después de casi doscientos años de vida independiente, no tenemos todavía una Institucionalidad Cultural como existe, prácticamente, en todos los países del mundo. Las iniciativas del Ejecutivo, de elaborar y enviar al Congreso un proyecto de ley al respecto y de legislar en favor de la libertad de expresión, el cine y la música, se ven aún entrabadas por diferentes opiniones acerca de su contenido y de su forma.

Además, consideramos que hay que redoblar los esfuerzos realizados para que la Cultura tenga cada vez un mayor espacio en los planes de la Reforma Educacional en relación con la importancia otorgada en los currícula, a las materias relacionadas con las habilidades técnicas.

Mucho se ha debatido acerca del rol que le compete al Estado en el campo de la cultura; por eso conviene consignar cuál es nuestro pensamiento al respecto.

Estamos convencidos que el Estado, en ese ámbito, tiene el deber ineludible de crear condiciones sociales favorables al pleno desarrollo de las capacidades creativas de todos los ciudadanos. Debe promover y sostener las iniciativas que emanan de la sociedad civil allí donde, por diferentes causas, no se dan las mínimas condiciones para que ello ocurra.

No se trata aquí de promover una intervención del Estado que tienda a dirigir el proceso cultural, creando una cultura y estética determinada que indefectiblemente desembocaría en la instauración de un arte oficial. Está demasiado a la vista, el fracaso absoluto de tentativas parecidas a lo largo de la historia.

Lo que planteamos, es una decidida acción, basada en un profundo sentido ético de responsabilidad, que permita no sólo garantizar sino que estimular, decididamente, la fluida interrelación de las diferentes expresiones culturales y artísticas que emanan, de manera espontánea, desde los más diferentes estamentos de la sociedad, en un clima de absoluto respeto y de aceptación mutua.

Solamente así, podremos estar ciertos de trabajar para construir la tan mentada y suspirada identidad cultural de nuestro país.

La identidad no se busca, se encuentra.

A este propósito, debemos insistir en el hecho de que esa identidad, de que tanto hablamos y que sirve de bandera para las más descabelladas aventuras políticas, es un proceso muy lento, que puede durar el transcurso de generaciones enteras y que no acepta acciones voluntaristas para apurar su decantación.
La identidad cultural de una comunidad, cualquiera que ella sea, no se construye sobre un conjunto de individuos “idénticos” que se mueven por las mismas razones o por los mismos sentimientos.

Por el contrario, está formada por un conjunto de historias, memorias y acciones individuales y colectivas, fuertemente interrelacionadas e interdependientes, pero distintas unas de otras que, a través del tiempo, tejen una trama única, llena de complejidades.

Es sobre ese sinnúmero de bagajes biográficos y experiencias que tienen que ver con las más distintas raíces y recorridos, que esa trama debe lograr la indispensable convivencia armónica entre las diferencias. Esa con-vivencia es un estadio al cual se llega después de varias tentativas de entendimiento mutuo, que demoran a veces varias generaciones, y no por medio de la imposición legal de una tolerancia apenas soportada.

Ella se logra solamente a través de la aceptación gozosa del aporte que significa el poder cotejar nuestra específica visión de nosotros mismos y del mundo, con otra distinta que nos trae nuevos parámetros de juicio para entender mejor la realidad en que estamos inmersos.

Por lo demás, es en ese permanente ejercicio de interrelación que se puede lograr estructurar lo que definimos como la particular cultura de un pueblo.

Quiénes son los llamados a practicar con constancia este ejercicio de interrelación y entendimiento, somos todos los ciudadanos que conformamos la sociedad civil. En el contexto de esa reunión de ciudadanos iguales en derechos y obligaciones, es que se van gestando los sistemas de organización que rigen nuestra armónica convivencia social. Entre ellos, uno de los más importantes y eficaces es la Comuna.

La Comuna como espacio de creación de cultura.

En la organización de la sociedad moderna, la Comuna ocupa un lugar primordial como núcleo de interrelación comunitaria.

En ella, no sólo se expresan todas las posibilidades de convivencia entre las diversidades que caracterizan a los distintos grupos humanos que habitan su territorio, sino que se estructuran iniciativas y mecanismos para dar libre cauce a la realización de las propuestas de sus habitantes.

Convendría recalcar el sentido más profundo que tiene el habitar.

Sabemos que, muchas veces y en muchos lugares, el hecho de habitar un lugar parece, dentro del tráfago de la vida moderna, apenas un accidente derivado de las condiciones sociales o económicas de aquel que necesita establecerse, por algún tiempo, en un espacio determinado, reconocible y certificable como domicilio, frente a los requerimientos de una convivencia organizada.

Sin embargo, sería una torpeza negar que, con el transcurso del tiempo, el habitar se transforma en una pertenencia, emocional e íntima, al lugar que, elegido o no, se vuelve propio, con todas sus bondades y defectos.

La pertenencia a la que aludimos, se construye solamente a través del tiempo. No se improvisa, ni menos constituye un exclusivo acto de la voluntad. Es solamente a través de una cercanía existencial, hecha de gestos, pequeñas rutinas, de encuentros y desencuentros, que ese espacio es capaz de entregarnos poco a poco todo aquello que, en definitiva, constituye nuestra propia cotidianeidad.

Se puede habitar una casa de cualquier estilo o tamaño, en cualquier parte, pero lo que transforma esas piedras o madera, o cualquier material de que esté hecha, en un hogar, es el lazo afectivo que se construye a través del uso del espacio y del vivir las pequeñas historias que transcurren entre sus paredes, que van tejiendo una relación de interdependencia acogida y vivida plenamente, con sus dolores y alegrías.

Pertenecer, es en definitiva un acto de amor y de entrega.


Con el barrio, la Comuna o las diferentes comunidades de historias y de intereses, sucede lo mismo. Serán siempre lugares sin sentido, si aquellos que los habitan no transforman ese habitar en un “vivir en común”, en un hogar.

Espero sinceramente que ustedes vivan esa profunda pertenencia a sus Comunas y comunidades.

De allí vienen, representando a aquellos otros que los eligieron democráticamente, para que transmitan aquí las voces, la esperanza y los sueños de todos.

En cada uno de ustedes está depositada la confianza y la responsabilidad de plantear al país entero, con claridad y decisión, las diez propuestas concretas para el desarrollo cultural del Chile de hoy y la tarea de elaborar la Carta de los Derechos Culturales de todos los chilenos.

Al comienzo de este proyecto comunitario, quisimos definirlo, de manera emblemática, como un recorrer juntos el camino que lleva del Chile vivido al Chile soñado.

No proponemos sueños vanos o inconsistentes, sino que pretendemos volcar en nuestras decisiones toda la pasión y la esperanza que animan nuestros proyectos de vida y de país.

Sí, no sólo es posible sino que es necesario y urgente que nos sintamos con esa responsabilidad como ciudadanos. Una pobladora de un barrio marginal de Santiago, durante los tiempos difíciles de la dictadura, me regaló la siguiente aseveración: “los pueblos merecen sólo lo que son capaces de defender”.

La comparto hoy con ustedes, porque quiero entender que estamos reunidos aquí precisamente para eso. Para defender lo mejor de Chile y de su Cultura, para reiterar nuestro compromiso y confianza en nuestras capacidades, imaginación y creatividad para soñar un Chile mejor, más humano, justo y hermoso, en el cual sea posible vivir en concordia y paz.

Que tengamos la fuerza y la valentía de luchar para construirlo entre todos.


Claudio di Girolamo

27 de enero del 2000


LA CIUDADANIA CULTURAL

Primero estaba el mar.
Todo estaba oscuro.
No había sol, ni luna, ni gente,
ni animales, ni plantas.

El mar estaba en todas partes.
El mar era la madre.

La madre no era gente, ni nada,
ni cosa alguna.

Ella era el espíritu de lo que iba a venir.
Y ella era pensamiento y memoria.

Mitología Kogui (Colombia)


Quise iniciar mi breve reflexión, compartiendo con ustedes este hermoso fragmento de la mitología de uno de grupos humanos que habitaron este continente en épocas lejanas, poblándolo con sus mitos, ritos e historias que aún despiertan en nosotros resonancias profundas.

En él está expresada magistralmente toda una visión de mundo a partir de su génesis misterioso. Allí se colocan, como principios creativos, el pensamiento y la memoria unidos, constituyendo un todo indisoluble. Cuando nada existía, allí ya estaba la madre, el espíritu de lo que iba a venir, iniciando la historia de nuestro caminar como especie humana.

Pensamiento y memoria que desde siempre nos acompañan en la construcción incesante de esas otras historias, pequeñas y grandes, de nuestras vidas personales y colectivas y que dejan su sello inconfundible en las particularidades que nos distinguen como pertenecientes a diferentes grupos humanos, pero unidos todos en el intento de transformar nuestro entorno para lograr una vida más plena.

Pero, ¿cuánto nos queda de esa identidad? ¿Sentimos hoy esa pertenencia? ¿Estamos realmente unidos dentro y fuera de los límites geográficos de nuestros países ?...

Frente al desafío de elaborar y aplicar en la sociedad una política cultural coherente, eficaz y respetuosa de las diferencias, se nos plantea de inmediato el problema de la posible inexistencia de una identidad cultural tanto a nivel nacional como regional. Es evidente que, tal como están las cosas en el contexto mundial, con el embate del nuevo fenómeno de la globalización, no podemos asegurar que nuestros países latinoamericanos puedan enfrentarlo con una identidad cultural clara, definida y reconocible como lo fueron las grandes civilizaciones precolombinas.

Más bien diríamos que lo que consideramos hoy como rasgos distintivos en ese aspecto, no son otra cosa que pequeños atisbos de síntesis, la más de las veces voluntarista, de particularidades culturales provenientes de muy diversas vertientes y que aún no han cristalizado en una amalgama coherente y unitaria. Esto no significa en absoluto la ausencia de una cierta manera de ver el mundo o de una forma particular de vida, sino más bien apunta al hecho de que, conscientes o no, nos encontramos apenas en el comienzo del proceso de construcción de nuestra cultura.

Los acontecimientos que caracterizan los vertiginosos cambios de este comienzo de milenio, se suceden a una velocidad que me atrevería a definir como uniformemente acelerada y alteran de manera substancial las relaciones tanto entre las personas como entre los países.

La tan publicitada muerte de las ideologías más bien puede referirse a las ideologías de masas pero, en el momento en que la “sociedad de masas”, por así decirlo, “se desmasifica”, es innegable que ese mismo fenómeno ha facilitado el nacimiento de un nuevo tipo de ideologías que alimentan a pequeños grupos automarginados de la sociedad, que no responden a las antiguas definiciones ni a las anteriores correlaciones de fuerzas sociales y políticas, sino que se sitúan más bien en el ámbito del clan o incluso de lo tribal.

Este fenómeno, entre otros efectos, ha producido un desfase y en algunos casos un cambio sustantivo en lo que se refiere al territorio como generador y eje de identidades.

El concepto de pertenencia a un territorio se ha debilitado fuertemente en los estratos medio-altos y altos de la sociedad, pero sí se mantiene intacto en los segmentos más bajos, que lo identifican con sus mínimas propiedades territoriales o, cuando más, con su entorno inmediato de “población” o barrio. Eso, en no pocos casos, los lleva a inventar su propia estructura de autoridad y su organización por sectores y por cuadras, logrando una enorme eficacia, basada especialmente en la identificación de todos con el objetivo de la resistencia al sistema social imperante, que perciben como injusto y carente de una mínima equidad.

El territorio en que se levantan las viviendas, llega a ser considerado, por sus moradores, como la única y verdadera patria.

Este tipo de organización no sólo sigue vigente sino que se ha ampliado a otros aspectos de la vida cotidiana, referidos, prácticamente, al mero entorno inmediato. Es por eso que todo lo anterior no significa un mayor sentido de pertenencia al país, el que sí se expresa, osaría decir, con mucha fuerza, en ocasión de algún torneo internacional o mundial en el que participa el equipo nacional de fútbol.



¿A qué calidad de pertenencia nos referimos entonces cuando hablamos del valor del territorio como generador de identidades de representaciones simbólicas?

La pregunta, en realidad es la siguiente: ¿ Es posible crear las condiciones sociales necesarias para que el sentido de pertenencia al territorio pueda convertirse en experiencia de vida, capaz de generar una identidad colectiva como nación?

Esas representaciones simbólicas tienen que rebasar el ámbito individual e instalarse a nivel comunitario, compartidas en su generación y en su asimilación para crear, en un proceso continuo, ese imaginario ínter subjetivo que solemos definir como cultura.

Vale la pena ahondar un poco en lo que entendemos por “imaginario ínter subjetivo”.

Es un hecho el que cada ser humano, al comunicarse con los demás y con su entorno, construye relaciones que se instalan en su memoria emocional a través de imágenes interdependientes y que conforman un verdadero tejido homogéneo y coherente de historias muy personales que son propias de nuestra subjetividad.

Si logramos transmitir ese nuestro mundo subjetivo a otros y establecer con el de los demás una interacción que se exprese en obras concretas, habremos dado el primer paso en la construcción de una determinada cultura.

Sin embargo, este mecanismo, que para poder generar las bases de cualquier forma cultural requiere voluntad, esfuerzo, dedicación constante y de un tiempo y ritmo determinados, se enfrenta a un sistema globalizado de comunicaciones, manejado con recursos tecnológicos de tales características, que lo hacen capaz de convertir nuestra realidad diaria en una suerte de fenómeno virtual, al alejarnos cada vez más de la necesidad de la experiencia directa con la materialidad de los hechos que la conforman.

Esto hace que perdamos, en gran medida, el contacto con aquello que por milenios ha sido el eje del desarrollo de la humanidad: el compartir la transmisión y la acumulación de experiencias logradas en el proceso de transformación material de su propio entorno y de creación de la memoria colectiva.

Es aquí donde es más que nunca necesaria y urgente la implementación de políticas culturales, tanto locales como nacionales, regionales y hemisféricas, que puedan hacer frente a esta realidad y disminuir su impacto en nuestras sociedades.




Partimos afirmando que, para elaborar una política cultural “coherente, eficaz y respetuosa de las diferencias”, hay que referirse primordialmente al concepto de “proyecto de país”, que nos propone la realidad cierta de que una nación no termina nunca su proceso de constitución.

El esfuerzo colectivo de los hombres y mujeres que, compartiendo un mismo territorio deciden gestar una comunidad es, por encima de otras consideraciones, una empresa cultural.

Existe una relación muy íntima e insoslayable entre cultura y país. No cabe duda de que es el proceso de construcción de cultura, con sus mitos, ritos y significaciones, el que otorga sentido trascendente a esa empresa colectiva.

No solamente las expresiones artísticas como la música, la poesía, el teatro, las artes visuales y audiovisuales y la intervención de los espacios, al ser compartidas, permiten que nos reconozcamos como integrantes de un mismo proceso. Hay también otros ámbitos que son fundamentales en la creación del concepto de país o nación. La participación democrática en el plano de la política, la satisfacción de las necesidades materiales en el terreno de la economía, el derecho a ser sujeto deliberante en la dirección del Estado en el ámbito de la ciudadanía, son algunos de ellos.

Sin embargo pareciera que todos ellos no son suficientes para comprometer la pasión de la pertenencia y experimentar la dignidad de compartir una historia y aspirar a un destino común.

Es innegable que hoy algunos de nuestros países disfrutan y exhiben con no poco orgullo una incipiente integración a la economía mundial y significativos e inusuales equilibrios fiscales, un real aumento del ahorro, de la producción y de la inversión y un mayor acceso a los servicios primarios de diversas naturalezas. Pero, junto a ellos, hay otros que se encuentran sumidos en crisis económicas, políticas y valóricas de tal envergadura que adquieren características catastróficas.

Frente a eso, es bueno afirmar que el bienestar y el prestigio de nuestros países no dependen sólo del valor agregado de sus circunstanciales exportaciones sino y sobre todo del valor transformado y permanente de su creatividad. Por lo tanto, se hace indispensable aumentar y ensanchar , en el aspecto social y en el geográfico, el acceso a la cultura, sea en su creación como en su goce y convertirla en el vehículo más eficaz de integración y de inclusión. Transformarla en el derecho a la “ciudadanía cultural”.

El verdadero desarrollo que ha marcado el devenir de los pueblos es aquel que ha puesto al ser humano como centro del proceso. El entorno, la historicidad, las obras, son variables que nada importan si el ser social, lo verdaderamente vivo de una cultura, no está presente.




La condición que permitió a las personas y sectores sociales diversos constituirse en sujetos históricos dentro de un mismo territorio, fue el ejercicio pleno y responsable de la ciudadanía política, tan debilitado hoy. En América Latina, la experiencia de los movimientos sociales ha llevado a la re-definición de lo que se entiende por ciudadanía o el ser ciudadano. Ya no sólo vinculándolo a los derechos a la igualdad, sino también como legítimo derecho a la diferencia.

Esta es una época que reclama por referencias culturales que otorguen sentido a la existencia del ser humano en cuanto especie y las requiere a todo nivel de la organización social.

Como lo señaló el Informe de la Comisión Mundial de Cultura y Desarrollo de Naciones Unidas, pareciera que “...se están desintegrando los sistemas de valores y los vínculos de solidaridad. Pareciera estarse agrandando el abismo entre ricos y pobres y el flagelo de la marginación social y económica perturbara las aguas plácidas de la satisfacción superficial”.

No obstante este diagnóstico, que compartimos en su esencia, nosotros apostamos a que el reconocimiento de las particularidades culturales territoriales abre, hoy como nunca, la posibilidad de plantearse un futuro con nuevas expresiones de identidad nacional. Estas irían más allá de la mera expresión política y acogerían el reclamo por una con-vivencia solidaria y de cooperación social superando el actual estado de co-existencia seudo-tolerante de carácter individualista, por medio de la aplicación de un irrestricto respeto a las micro-realidades y a las híbridas expresiones culturales emergentes. De hecho, en todas las épocas, la construcción de un determinado proceso cultural se ha dado siempre a través del diálogo entre diferentes concepciones acerca del ser humano, de su relación con el entorno y de su capacidad de alterarlo en su beneficio con su acción transformadora.

Pero esta simple constatación no aporta nada nuevo si no va acompañada de proyectos de acciones tendientes a revertir la actual instalación en la sociedad del consabido concepto moderno de la igualdad ciudadana, que se basa esencialmente en los logros derivados del éxito de la Revolución Francesa y se refiere particularmente a la igualdad de derechos humanos básicos que asiste a cualquier sujeto perteneciente a una sociedad organizada.

Si bien con eso se ha logrado un mínimo de armónica coexistencia, no es menos cierto que las demandas de una mayor calidad de vida no apuntan precisamente a esa “igualdad” úniformante que fue el emblema, junto a la libertad y la fraternidad, de esa gesta humana que cambió el rostro del mundo occidental.

Ellas van más bien por el lado del respeto a la diversidad como la manera más idónea de construir un nuevo sentido de país y de nación.


En otros momentos se pensó, con cierto asidero, que la igualdad de derechos podría generar espontáneamente una identidad social y política a través de usos y costumbres compartidos y generalizados. Pero, son innumerables los ejemplos que nos demuestran que, a pesar de ello, los pueblos, en momentos de fuertes crisis derivadas de falta de conducción, de marginación económica y social de grandes sectores de la población, tienden a atomizarse y a transformarse en una gran cantidad de pequeños núcleos, que reclaman para sí una independencia total del conjunto alegando diferencias culturales y hasta de raíces étnicas. Bastaría con citar el doloroso y emblemático caso de la ex Yugoslavia, para probar lo que afirmamos.

¿Qué es lo que entonces puede contrarrestar de alguna manera el aparecer de esas tensiones disociadoras en el seno de una sociedad en pleno proceso de constitución de su propia identidad?

En esos casos, la respuesta pareciera ser la de recurrir a las experiencias más largamente arraigadas en las “culturas de las partes”, es decir, a esas micro-culturas que, como piezas de un rompecabezas, conforman nuestras naciones.
Ellas constituyen dinámicas muy activas que pueden ser puestas en interrelación y encauzadas hacia un nuevo proyecto de país que se base en la diversidad reconocida y valorada en su aporte a la cultura común.

Si bien es cierto que el quehacer cultural de una comunidad va mucho más allá de una institucionalización con leyes y dictámenes, ya que se trata de un proceso vital en continuo movimiento, por otra parte, no cabe duda alguna de que es susceptible de ser intervenido positivamente por determinadas decisiones políticas.

A este respecto, la introducción de derechos de ciudadanía cultural, puede significar un sustantivo aporte al desarrollo de nuestros pueblos, al legitimar y reforzar el acceso a la creación y al goce de los bienes culturales. El desafío fundamental en el ámbito cultural será el de sustituir la gramática mercantil por una más humanizadora que impida que el ciudadano sea remplazado por el mero consumidor pasivo.

Debemos promover aquellos valores que hacen que los miembros de una sociedad sean sujetos de relaciones solidarias y equitativas. Al mismo tiempo, conocer e intervenir la articulación que existe entre las necesidades, oportunidades y derechos que conforman la ecuación mayoría-minoría. Se trata de reconocer que cada condición social genera necesidades que, si bien difieren entre sí, tienen en común el hecho de que permiten considerar todo individuo como miembro de la sociedad y sujeto que es término de referencia de toda relación social, es decir, una persona.

Para que ello sea posible, se debe ajustar el tiempo y el espacio de las relaciones sociales haciéndolas oportunas, abriéndolas al acceso de las personas. De otra manera, el proceso de desequilibrio estructural y cultural seguirá dejando afuera por exclusión o por opción de marginalidad, a las minorías distintas.

Las oportunidades no son otorgadas como “dádivas” por parte de quienes las tienen, sino que consisten en transformar las relaciones sociales para que todos tengan posibilidad de cabida en el mismo espacio social y puedan sentirse como sujetos dignos de ser considerados por su aporte personal y específico en la construcción de nuevos lazos de convivencia.

En definitiva, crear las condiciones para que todos quepan, todos puedan y todos sean.

Dar cabida, como proceso de transformar el espacio haciéndolo oportuno, exige una modificación de las reglas y las normas que establecen derechos y deberes. Pero no se trata de los derechos de unos grupos o de unos estamentos sociales en detrimento de otros, sino de aquellos que regulan el intercambio y la equivalencia social entre las personas. En definitiva, que proponen la equidad como base de la armonía social.

La ciudadanía cultural debe tender a recuperar el espíritu de la igualdad en dignidad y el respeto a la diversidad.

Para ello, no basta con detectar certeramente cuales son los obstáculos que impiden el acceso de todos a este nuevo y más alto nivel de ciudadanía. Hay que construir e impulsar todas aquellas acciones que contribuyan a elevar la capacidad creativa de todos aquellos que nos sentimos pertenecientes a esta supra-comunidad que llamamos América, para que podamos expresar en obras nuestras múltiples diversidades. Sólo así podremos sabernos y sentirnos respetados como iguales en dignidad y derechos.

Para terminar estas reflexiones, me remito de nuevo a la sabiduría de los pueblos primigenios de este continente que, en la mitología Desana, se definían a sí mismos de esta manera:

Nuestro modo de vivir
no es duro como la piedra.

Es como la vista penetrante
de un cristal que traspasa.

Así son nuestros hermanos
y así son nuestros hijos.

La estabilidad de un horcón no perdura,
pero la bondad y el calor del sol sí perdura,
porque tenemos su cristal en nuestro ser.




Ojalá que también nosotros, los que habitamos hoy estas tierras, algún día podamos llegar a definirnos de esta manera...



Claudio di Girolamo



Santa Fe de Bogotá, 30 de mayo de 2002

lunes, junio 20, 2005

El Arte de pensar los mundos...